Quinchamalium Chilense: Hacer, crear y crecer

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Toda la noche y todos los días sin tregua, trabaja Guillermina porque tiene las manos de pájaro.
Yo me acerco a ella y me empapo del ritmo de la greda y me cuenta que le gusta hacer cántaros para poner en ellos gardenias  y me cuenta que no importa no saber leer porque le salen palabras de sus manos. 
— Marjorie Agosín, “Las Alfareras”

Texto curatorial por Belen Roca, investigadora.


La alfarería está presente desde el inicio de la historia de la humanidad. Como uso y costumbre, es el puente que une la distancia entre las limitaciones del cuerpo y lo infinito de la naturaleza. Inventada en distintas partes del mundo, casi al mismo tiempo, la técnica de construir objetos, a partir de los materiales blandos que entrega el suelo, transparenta las fronteras del sujeto en relación con la abundancia del medio que le rodea. Antes de la literatura, tal vez incluso antes del habla, estos artefactos relatan el origen de la vida como la conocemos hoy.  Así, el ejercicio de esta actividad traza líneas indivisibles entre personas y el medio que las rodea, descentrando a las alfareras de sus individualidades y ligándolas, a través del tiempo, con sus antepasados y los elementos de la naturaleza —tierra, agua, fuego y aire— que hacen posible sus creaciones.

Quinchamalí, el “reino de mujeres” señalado por la antropóloga Sonia Montecino, es de las pocas zonas de Chile en las que aún se puede encontrar a abuelas, madres, hijas, nietas y vecinas compartiendo este saber ancestral, haciendo de éste su sustento y forma de vida. Su cotidianidad está codificada a partir de las metáforas que provienen del contacto de sus manos con la greda. El proceso completo de fabricación de una pieza es el reflejo de sus propias trayectorias biográficas: desde la recolección del material, la suma de arcillas para ser trabajadas y el modelamiento de las piezas, hasta el ahumado y cocido de los objetos. En cada una de las 18 etapas, ellas localizan parte de sus alegrías y pesares. Lo mismo ocurre en el resultado final, es decir, con las piezas elaboradas: cada objeto es su historia y la de la mujer que lo creó.

Quinchamalí es también el nombre de una flor pequeña, de puntas amarillas, presente en toda la zona central y con diversas propiedades curativas. De acuerdo con la “Historia general de la medicina en Chile”, compilada en 1904 por Pedro Lautaro Ferrer, el nombre se lo debe a un cacique mapuche, conocido por su conocimiento herbolario, quien masificó el uso de la planta y que, hasta el día de hoy, es parte de la medicina tradicional indígena.

La transformación de la tierra inerte en objeto viviente, a través de su esculpido, bruñido y horneado, es la magia que brujas y brujos perpetúan en el tiempo. Ubicada en el límite entre Chile y el Wallmapu, Quinchamalí es testimonio de la colonización y resultado del mestizaje entre mapuches y criollos. De esa hibridación, también, nace lo específico de sus formas, sus conductas y sus relatos. El huaso y la guitarrera, dos piezas típicas de la zona, contienen en sí mismas narraciones sobre cómo los habitantes entienden su cultura en relación con el pasado y con el resto del país.

En 1986, Sonia Montecino realiza una profunda investigación sobre las y los alfareros de la zona. En ella releva, además del empuje que caracteriza a las mujeres quinchamalinas. La particularidad del territorio, en tanto es muestra del mestizaje posterior al hecho colonial, da cuenta de una tradición alfarera que antecede a la llegada de los europeos y, por lo mismo, se vuelve aún más importante para la tradición cultural de nuestras naciones. Las piezas, señala Montecino, permiten visualizar una “continuidad de la actividad alfarera indígena que se traduce en la existencia de loza de uso práctico hasta épocas recientes”, refiriéndose a los objetos de mayor tamaño, la loza utilitaria; de los objetos pequeños, comenta la autora a través de una cita de Bernardo Valenzuela,  se desprende “la seguridad de encontrarse frente a un arte verdaderamente campesino chileno que tiene sus raíces tecnológicas en lo indígena, y su temática inspirada en puros motivos criollos”[1].

De manera colectiva, las mujeres de Quinchamalí construyen memoria territorial e histórica mediante la repetición de motivos, formas y dibujos en sus creaciones. Sin embargo, cada una de ellas es un universo en sí misma, y de ello dan cuenta los trazos en las piezas al compararlas una con otra. La mirada poco familiar del afuerino no puede advertir, a primera vista, tales diferencias. Al poner atención en los detalles, sin embargo, aparece lo singular: líneas más angulares que otras, curvas que giran en sentido opuesto, desgarros en el material en oposición a suaves formas pintadas sobre el objeto con la misma “agüita de greda” que resulta del proceso.

Mónica Venegas, Teorinda Cerón, Victorina Gallegos, Flor Caro, Silvana Figueroa, Marcela Rodríguez, Nayadet Núñez, Eugenia Sepúlveda, Carmen Romero, Regina Pino, Cynthia García, Daniel Villeuta, Luis Pérez Sepúlveda y Gastón Montti son las y los artistas invitadas a esta muestra. A través de su trabajo se pretende mostrar la realidad de Quinchamalí desde sus principales actores, es decir, todos los habitantes que construyen su cultura día a día, conservando los valores que caracterizan al pueblo y manteniendo viva la tradición.

El folclorista Oreste Plath adelantó algunos de los problemas que viven hoy en día estas exponentes del arte popular. Desaparece el ímpetu “por continuar con la elaboración de estos objetos, por lo poco remunerativo del asunto, como por el deseo de alcanzar un oficio y hasta una profesión liberal”[2], de la mano de la industrialización y del desconocimiento público del resto de Chile sobre el trabajo que se realiza al interior de la Región de Ñuble.

En el presente, la alfarería de Quinchamalí está amenazada por varios frentes. El primero, tal como previó Plath, tiene que ver con la falta de oportunidades e incentivos para las generaciones más jóvenes de perpetuar el oficio. El segundo se relaciona con el desgaste físico que viene de la mano del trabajo en la greda. El contacto permanente con la humedad del material, sumado a la falta de cuidados y políticas en salud pública que aborden directamente esta contingencia, particular al territorio, daña los nervios de las loceras y loceros. No es la vejez misma la que les impide seguir fabricando piezas, sino enfermedades como la artrosis, que paraliza sus manos. El tercer frente es la aparición de distintas industrias alrededor de la localidad, las que alteran el ecosistema y, por lo mismo, el ciclo productivo de la alfarería: la tierra está seca por causa de los cultivos de pinos, y artesanas y artesanos no tienen de dónde sacar la greda. Por último, y en la misma línea adelantada por Plath, no es rentable continuar la producción de loza, considerando los altos costos mencionados.

Esta muestra entiende que la artesanía responde a una definición gregaria y primordial de la elaboración de artefactos. Una primera intención es honrar el espíritu común a todas y todos los quinchamalinos que les identifica con su creación. A través de una revisión histórica del trabajo que se realiza en la zona, acompañadas de la colección que custodia el Museo de Arte Popular, se busca establecer una línea temporal que ligue distintas épocas en la misma tradición. Además, un esquema materializado con la flor del quinchamalí busca despertar en el espectador la curiosidad por indagar en la transmisión del saber entre las mujeres. En él se exploran los tránsitos, variaciones y permanencias en el tiempo de las expresiones espontáneas de una cultura.

Se pretende explorar la condición artística de cada sujeto que participa de esta exposición. Se invitó a artesanas y a artesanos a romper el molde y (re)conocerse como artistas, en sesiones particulares y grupales de taller de dibujo. El objetivo fue que se atrevieran a innovar en las formas, a indagar otras líneas de trabajo, a experimentar con trazos distintos, sin cortar del todo con el linaje que distingue la alfarería de Quinchamalí de todas las otras, pero expresando inquietudes individuales y auténticas sobre el lienzo negro de la tradición, representada por la pieza elegida.

Finalmente, una cápsula audiovisual muestra al público una aproximación al trabajo manual de artesanas y artesanos. Las entrevistadas relatan lo aprendido de sus ancestros y, mediante imágenes que muestran parte de cada proceso, se relacionan íntimamente con la elaboración de sus piezas. Narran lo que significa hoy la preservación de este conocimiento y también lo que esperan del futuro, sin esconder el costo personal que implican las condiciones actuales en las que trabajan, pero también sin dejar de destacar la importancia que tiene, para sus vidas y para las del resto del país, la conservación, protección y fomento de este arte que se niega a desaparecer.


[1] En “Quinchamalí: Reino de mujeres”, Ediciones CEM, 1986.

[2] En “Arte popular chileno. Mesa redonda de los especialistas chilenos, convocada por la XIX Escuela de Invierno de la Universidad de Chile, con la colaboración de la UNESCO”, 1959.